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Muchos niños refugiados viven realidades que no podemos ni siquiera imaginar: son víctimas de conflictos bélicos y, aunque poseen historias diferentes, el dolor es el mismo. A pesar de ello, estos niños no renuncian a sus sueños. 

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Hala junto con otras niñas del centro

Un ejemplo es el de Hala, una niña siria que lleva doce años en el campo de refugiados de Tal Aamara (Líbano). Huyeron de su casa por la guerra de Siria, un año antes de su nacimiento. Hala siempre ha vivido en tienda de campaña, con su padre, madre y hermanos; su barrio es el campo. El padre de Hala, cuyo nombre significa “preciosa”, trabaja cuando le llaman (cosa que ocurre muy de tarde en tarde) en una fábrica de plásticos. Ella se siente feliz cuando tiene trabajo, a pesar de que sus ingresos son insuficientes para cubrir las necesidades básicas de la familia. Su hermano mayor, de diecinueve años, emigró a Turquía hace cuatro meses para buscarse la vida y aliviar las precariedades de la familia. Él les dice que está bien y tiene trabajo. Todos se alegran mucho, aunque sospechan que intenta tranquilizarles y no preocupar a sus padres. Hala espera marcharse del Líbano cuando sea mayor. Quiere reencontrarse con él, pero sabe que es muy difícil. 

Hacia el este de Europa tenemos a  Anna, quien también tiene once años. Al morir su madre la llevaron a un orfanato en la ciudad de Dnipró, a unos trescientos kilómetros de la frontera de Ucrania con Rusia. En su grupo son once chicos y chicas; el mayor tiene dieciocho años. Recién comenzada la guerra, escaparon por su vida. Solo se llevaron unos pocos enseres que tuvieron que abandonar en el camino. Cruzaron toda Ucrania, de este a oeste, en un viaje amargo, largo, penoso y agotador. Gracias a Dios, ya fuera del país contaron con la ayuda de cristianos solidarios hasta que llegaron a España. Un pastor rumano les puso en contacto con una iglesia en Cataluña, cuyo pastor los acogió en su casa.

Recientemente Hala escribió una carta a un refugiado ucraniano, nosotros se la hicimos llegar a Anna y ésta le respondió a los pocos días.

De esta manera podemos señalar varios aspectos que tienen en común. Por una parte les unen las graves adversidades que ambas han tenido que enfrentar desde el primer día de sus vidas. Sus biografías están marcadas por dos guerras terribles, originadas en una extrema maldad humana a la que son ajenas. Hala sufre el peso de ser refugiada, como una etiqueta que la convierte en advenediza y extranjera en el lugar donde nació, como si sobrara en este mundo. Percibe que la miran de una manera extraña, que se refieren a ella peyorativamente como refugiada y que la tratan como un bicho raro. Está muy triste y llora con frecuencia. Desea con angustia ser siria, sin más, pero es imposible.

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Dibujo de Anna para Hala

Y asimismo a las dos les encantan las matemáticas. Anna recibe formación en una escuela improvisada, en casa del pastor, a la espera de una solución definitiva. Se siente amada y aceptada en la iglesia que la recibió con ilusión. Hala no tiene acceso a la enseñanza primaria gratuita como los demás niños, por no tener sus papeles en regla. Hasta que no llegó al centro cristiano, apenas tuvo formación. Ahora está aprendiendo a leer, escribir, dibujar y cantar. Y asocia su afición a los números por la ternura y el amor de su profesora Fadia.

Por otro lado, a Anna le gusta cantar el salmo 90, del que destacamos el V.15: “Alégranos conforme a los días que nos afligiste, y a los años en que vimos adversidad”, mientras que la canción favorita de Hala dice: “Sea niño, joven o adulto Dios siempre me amará porque soy su creación. A veces me siento perdida o no entiendo lo que pasa a mi alrededor, pero cuando pienso en su amor incondicional, vuelvo a recordar quién soy en Él, a pesar de mis errores; y eso me hace saltar de alegría y olvidar toda mi tristeza”.

Por último, Hala quiere ser médico de mayor; le gustaría sanar enfermos y prestar sus servicios a las personas más pobres. Anna, por su parte, no sabe todavía qué hacer, se compromete a orar a Dios por Hala y su familia para que les vaya bien.

En las cartas que se escribieron se despiden diciéndose: Dios siempre estará contigo y conmigo a donde quiera que vayamos. Permanezcamos fieles a Él. Somos Sus hijas por encima de ser refugiadas.

Tu donativo se destinará a ayudar a muchos niños refugiados para que puedan cumplir sus sueños.

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